Para sanar en Amistad

    “Mira, mira” dijo Montse emocionada, mientras las velas se inflaban y el golpe de las pequeñas olas contra el casco de nuestro velero se aceleraba, “nuestro primer viaje juntas de nuevo, ¡ah! Es tan rico estar aquí”. “Mira, mira” se convirtió en su lema durante las dos semanas que pasó con nosotros en Maine, la medida de su alegría al haber dejado un lugar muy tenso y peligroso para llegar a un verdadero paraíso. Friendship, el pueblo de la amistad, bien merece su nombre, en sentido literal y figurado.

    Montse acababa de llegar de Colombia, uno de los países más peligrosos y sacudidos por la violencia de América del Sur. Es también uno de los más hermosos, en términos de sus paisajes y de su gente. Como enseño literatura hispanoamericana en la Universidad de Massachussets, tengo muchos amigos en el hemisferio sur, especialmente en Colombia, y ninguno es tan entrañable para mi esposo Jim y para mí como Montserrat Ordóñez. Ella también enseña literatura, y es una excelente escritora de poesía y cuentos cortos.

    Nos conocimos de una manera algo divertida. Unos años atrás, en 1986, cuando yo dictaba mi primer curso sobre literatura de mujeres hispanoamericanas, recibí una llamada de nuestra Oficina de Programas Internacionales mediante la que se me informaba que una Doctora Ordóñez, una especialista en el área, vendría desde Bogotá a la U. de Massachussets como profesora invitada durante unos meses. ¿Me gustaría acaso invitarla a participar en mi seminario, y tal vez ofrecerle la oportunidad de que lo dictáramos juntas? Aunque en esa época estaba llegando a los cincuenta, esta área académica era nueva para mí y no me sentía muy segura de dictarlo. La inminente llegada de la Dra. Ordóñez, no era precisamente la mejor de las noticias. “Ay Dios!” pensé, “en cuestión de segundos se dará cuenta de que lo que sé sobre escritoras cabría en un dedal, y no precisamente en uno muy grande. No; NO la quiero en mi clase, y decididamente no para que enseñe conmigo”. Tampoco tenía ganas de ir al aeropuerto a recogerla, pero la universidad me había nombrado la persona contacto, así que salí hacia Hartford para recibir el vuelo de las 8:00pm. La pantalla de “Llegadas” indicaba que el vuelo de Miami se demoraría hasta la medianoche. Estuve sentada en el aeropuerto sola durante cuatro horas, aburrida e irritada. La doctora colombiana resultó ser una mujer delgada de ojos negros y cansados. Estaba avergonzada por la demora y los inconvenientes que me había causado. Yo sabía que el pequeño y poco acogedor apartamento que quedaba libre para ella todavía no estaría listo, y al verla tan agotada en un lugar extraño, mi mejor índole prevaleció: “Te vienes a casa conmigo esta noche” dije; “no te puedo dejar dormir en ese apartamento. Las camas no tienen ni sábanas”. Llegamos a Amherst después de la una de la mañana. Jim nos estaba esperando y le ayudó a Monserrat a llevar sus maletas a la habitación para huéspedes. “Apuesto que un Scotch no te vendría mal”. “Oh, no, para nada” respondió. Así que nos sentamos en nuestros sillones con nuestros tragos, hablamos animadamente y nos acostamos a eso de las tres. “Todo irá bien”, pensé.

    Y así fue. Una vez roto el hielo, Montse confesó que ella también estaba iniciando sus investigaciones y empezaba a dictar cursos sobre literatura femenina y que le preocupaba conocer a esta eminente especialista de los Estados Unidos que esperaba que dictaran un curso en equipo para un seminario de post-grado. Nos reímos de nuestros respectivos miedos de la experiencia de la otra, enseñamos juntas y pasamos momentos maravillosos.

    Nuestra amistad a nivel personal y la colaboración profesional que hemos mantenido durante trece años ya, no muestran signos de querer acabarse. Jim y yo hemos ido a Colombia a verla y ella ha venido varias veces a visitarnos. De hecho, hasta el día de hoy, es la única persona que ha sido invitada a dormir en el “Caledonian”, nuestro velero Tritón de 28 pies, y Montse es consciente de este honor. A Jim y a mí nos encanta invitar amigos a navegar durante el día, pero como el interior del “Caledonian” no es muy espacioso en la parte de abajo, y Hannah, nuestra perra labradora tiene sus preferencias en cuanto a literas se trata, generalmente preferimos estar solos cuando nos vamos de crucero.

    La primera vez que llevé a Montse a Friendship fue en Junio de 1990. Jim estaba de viaje y pasamos sólo unos dos días juntas en la casa de campo, pero a ella le encantó el lugar desde el principio. Friendship es uno de los puertos más importantes para la pesca de langosta en toda la costa de Maine. Para calmar sus antojos de langosta la llevé al embarcadero de Roger Bramhall desde donde se aprecia una vista preciosa del muelle de Friendship. Estaba embelesada con la belleza visual de las cuerdas enrolladas, las trampas y las boyas del embarcadero de Roger, así como con la dulzura de sus langostas. Nuestro velero no estaba aún el agua, así que no tuvimos la oportunidad de navegar, pero la positiva reacción de Montse a la parte costera de Maine fue inmediata.

    Durante los diez últimos años nos hemos visto muchas veces en varios lugares. En ese lapso de tiempo le ha parecido cada vez más difícil dedicarse a la academia en Colombia. La violencia y el peligro endémicos tienen un efecto corrosivo en su estado de ánimo y el de sus estudiantes; tanto que alguna vez escribió que como profesora comprometida le era prácticamente imposible mantener el entusiasmo de sus alumnos por la literatura o incluso el optimismo sobre su vida de adultos.

    Pero una cosa era oírla contar estas historias, y otra muy distinta era vivirlas personalmente y comprender lo que estaba diciendo. La primera vez que fui a Bogotá para verla en 1992, llegué un día después de que un enorme carro bomba había explotado unas siete cuadras de la casa de Montse, destrozando la mayoría de las ventanas en el área cercana y abriendo un enorme tajo en un edificio de varios pisos en el que había oficinas y apartamentos. Una amiguita de la sobrina de ocho años de Montse fue herida gravemente en un ojo por un vidrio. El último día habíamos visitado el maravilloso museo pre-colombino, el Museo del Oro, situado en el centro de la ciudad, uno de los momentos más emocionantes de mi visita. Cuando llegué a casa y estaba compartiendo mis impresiones del viaje con mi familia, quedé paralizada mientras miraba el noticiero: unos terroristas urbanos habían hecho detonar otra bomba precisamente en el sitio donde Montse y yo habíamos estado el día anterior. Muchas personas murieron y otras quedaron heridas.

    Este es el tejido de la vida diaria en Colombia y ha empeorado. Jim y yo fuimos juntos en 1998 y lo pasamos delicioso con Montse paseando por la costa Caribe (especialmente Cartagena de Indias), Tunja y Villa de Leiva. Montse admitió sentirse aliviada después de habernos dejado en el aeropuerto para que regresáramos a casa. “Pueden creer que es normal que todo haya salido bien”, nos dijo, “ pero no lo es. Cualquier cosa pudo habernos pasado en cualquier parte de la ciudad o del país”. Y tenía razón. El día después de que regresamos, cuatro ornitólogos americanos, fueron emboscados y retenidos por un grupo guerrillero.

    Durante el último verano la violencia asestó otros cuantos golpes. Montse confesó que se sentía agobiada por el trabajo, la tensión, la fatiga, la depresión. “Uno trata de seguir adelante como si la vida fuera normal, pero todo está muy afectado. La gente está saliendo del país por montones. Todo se está desintegrando – nadie cree en nada”. Su automóvil nuevo ya había sido golpeado en la parte de atrás en el cada vez más espeluznante tráfico de Bogotá. Los ladrones trataron dos veces de entrar a su casa, y el terrorismo urbano aumentaba diariamente. Nos enviábamos frecuentes mensajes por correo electrónico y podía sentir el agotamiento en sus mensajes. “Antes uno se sentía relativamente seguro en ciertos lugares”, escribió una vez. “Ahora cualquier sitio es potencialmente peligroso. Cada vez que uno sale, cualquier cosa puede pasar.” “Sal de ahí y vénte para Maine,” le aconsejamos. “Sabes lo que Friendship puede hacer por ti. La Amistad te espera. Todo lo que tienes que hacer es comprar un pasaje para Boston”. “Eso haré”, aceptó. “Estoy tan cansada de enfrentar todo esto sola. Por favor, cuídenme. Necesito estar en un lugar donde me sienta a salvo y pueda descansar.”

    Jim y yo empezamos a preparar un minucioso plan de R&R (Reposo y Recuperación). La recogeríamos en el aeropuerto de Logan temprano en la tarde, luego tomaríamos el barco hasta Hingham, donde viven mi hermano Norman y su esposa, y pasaríamos la noche con ellos. Nos entusiasmamos ante la idea de que seguramente le encantaría el paseo en bote y el aire fresco del mar después de todas esas horas en avión. “Mañana Norman nos preparará uno de sus deliciosos desayunos y puede que nos invite a ir a navegar con él antes de regresar. Montse empezará a relajarse desde que llegue!”

    Estábamos muy equivocados. Cuando llegamos a Hingham, Montse ya había llamado a Norman para informarle que el avión estaba retrasado y no despegaría antes de seis horas de Colombia. Toda esa tarde esperamos más noticias. Una voz cansada nos llamó a eso de las 12:30 a.m. Estaba en Newark y estaría aterrizando en Logan a las 7:30 de la mañana; mejor dicho: solo cuatro horas de sueño para ella esa noche, y lo mismo para nosotros. Por la mañana, dado el tráfico, nuestro viaje hasta Logan fue horrible, pero finalmente ¡ahí estaba Montse! Nos abrazamos, recogimos sus maletas y dijimos: “Ya hemos tenido suficiente – salimos inmediatamente hacía el norte!”

    Friendship quería decir alcobas con vista al mar, nuestra cómoda sala de estar con fuego en la chimenea y cantidades de lectura. Caminamos y dormimos; nos sentamos en la terraza, miramos el mar, hablamos y escribimos. Concluimos que sólo amigas realmente compatibles pueden escribir algo serio estando en la misma habitación. Y salimos a navegar casi a diario. Preparábamos almuerzos campestres y anclábamos en nuestros sitios preferidos para que Hannah corriera por las islas, mientras caminábamos por la playa y nos maravillábamos ante el cielo y el mar, las rocas, los pinos, las águilas pescadoras, las gaviotas, los somorgujos y los patos. Simplemente vivíamos el presente, mientras el agotamiento y la tensión se le caían a Montse como viejas capas de piel. “Ekdysis” pensé. Ekdysis : proceso que consiste en arrancar la piel o una membrana externa, como las serpientes y las langostas. Ekdysis era también el título del primer libro de poesía de Montse, publicado en 1987, algunos de cuyos poemas fueron compuestos en otra orilla donde ella y yo también habíamos caminado juntas: Isla Negra en Chile, distante casi siete mil millas de Friendship. Nos habíamos quedado cerca de la casa del gran poeta del mar y las rocas, de la arena y la madera: Pablo Neruda. En ese libro Montse escribió sobre los muchos lugares en los que había vivido y dejado pedazos de piel. “Cambiaré de piel y me sacudiré la ausencia.” es un verso de uno de esos poemas. Y aquí estaba ella en Friendship, mudando de piel otra vez.

    Uno de los placeres de estos veranos compartidos consiste en satisfacer nuestro paladar con lo mejor de Maine: los arándanos, la sopa de pescado, las almejas al vapor, la langosta. Nos fuimos entonces otra vez al embarcadero de Roger Bramhall para saborear unas fresquísimas langostas.

    “Roger, me gustaría presentarte a mi amiga Montserrat Ordóñez de Bogotá, Colombia”.

    “Encantado de conocerla” dijo Roger. “¿Esta es la primera vez que viene a Friendship?”.

    “Oh, no” respondió Montse con una sonrisa. “Estuve por aquí hace nueve años exactamente, y vinimos a su embarcadero por unas langostas. ¡Es maravilloso, nada ha cambiado!” “No me diga” dijo Roger muy seriamente. “Bueno, yo tampoco me he cambiado la camisa. ¡No quisiera desentonar!”

    A medida que estos días paradisíacos pasaban y antes de que se nos acabara el tiempo juntas, las ganas de hacer un corto crucero se hicieron imperativas. Hay muchas islas en esta parte de la costa de Maine. Habíamos pasado una noche deliciosa en Harbor Island durante su visita el verano anterior, cuando la iniciamos a las maravillas de encontrar un buen fondeadero, los martinis al atardecer y el vino tinto con una buena cena, y una trotada final por la playa con Hannah antes de que nos alcanzaran los zancudos, mientras la luna y las luces de los otros barcos anclados se reflejaban sobre el agua.

    Este año dejamos nuestros planes abiertos, dejando que la espontaneidad, el viento y la marea los condujeran. Como el pronóstico del tiempo anunciaba tormentas eléctricas, optamos, el primer día, por el lindo y protegido fondeadero entre las islas de Burnt y Little Burnt, en el borde que divide las bahías de Muscongus y Penobscot. Una playa en forma de media luna conecta estas islas durante la marea baja y media, pero queda sumergida bajo la marea alta.

    Como había mucho viento y las nubes no presagiaban nada bueno, nos metimos bastante adentro para dejar que el sotavento de Little Burnt nos protegiera. Anclamos, almorzamos, y decidimos no mover el barco por el momento; mejor ir a la isla y caminar, un plan que Hannah aprobó enseguida. Remando en nuestro bote, que tiene el nombre muy acertado de “Hueso de perro”, llegamos hasta la orilla, lo llevamos hacia lo alto anticipándonos a la marea, lo atamos, y luego cruzamos el istmo hasta Burnt. Un grupo de gente joven que participaba en un programa especial de técnicas de supervivencia acampaba en solitario en la playa y un consejero nos pidió que no los molestáramos. Nos quedamos en el centro de la isla y subimos a una torre, un punto de observación desde el que se divisa una vista espectacular de la gran isla de Monhegan y otras islas, luego caminamos por un sendero que se enroscaba, serpenteaba y titubeaba, y parecía no llegar a ningún lugar en particular, pero que era muy bonito. Los truenos y el viento que aumentaba nos devolvió a la realidad y pensamos que sería mejor devolvernos rápido al “Caledonian”.

    Cuando volvimos a la costa nos dimos cuenta de que nos habíamos demorado más de la cuenta: la playa desaparecía rápidamente bajo la marea, y nuestro bote casi flotaba al otro lado de la barra. Como para ese entonces Jim, Montse y yo nos teníamos bastante confianza, nos quedamos en ropa interior y chapoteamos cruzando la playa antes de que tuviéramos que nadar. Hannah nadó de todas maneras, y se veía muy chistosa, toda empapada, en el bote.

    Después de secarnos con unas toallas, preparamos té, y luego simplemente nos sentamos y leímos durante varias horas en un amistoso silencio. El sol volvió a salir, las ráfagas de viento desaparecieron y el “Caledonian” se mecía suavemente mientras permanecíamos anclados. “¿Por qué irnos?” pensamos. Y nos quedamos. La cena fue un plato típico español, que Montse, que es medio catalana, ya nos había preparado antes: riñones al jerez con arroz y ensalada. Y vino tinto. Después de comer como reyes, nos acostamos temprano.

    La mañana siguiente amaneció espléndida. Los pescadores de langosta que atendían sus trampas nos despertaron temprano, aunque nunca dormíamos hasta tarde cuando estábamos a bordo. ¿Rumbo? Lo decidiríamos cuando emprendiéramos camino. Levamos anclas antes de las 8:00AM y nos dirigimos hacia la punta sureste de Burnt Island, planeando vagamente seguir navegando de isla en isla durante el día. Cuando empezamos a dejar atrás la isla de Burnt, me di cuenta que el capitán trazaba una ruta hacia el sur. “¿No estarás pensando en navegar hasta Monhegan?”, pregunté. Jim asintió. Esto era emocionante- nunca habíamos cruzado en el “Caledonian” las casi 12 millas que separan Monhegan de Friendship, incluyendo ocho millas de mar abierto, al que Jim le tiene un saludable respeto. Pero en Burnt Island ya estábamos casi a medio camino, y el día era perfecto: suaves vientos de 11 a 13 nudos, sin oleaje. Y ninguna otra persona mejor para compartir esta aventura, que era tan importante para nosotros.

    Llegamos en una hora o casi, mientras le mostrábamos a Montse el juego del oleaje en los impresionantes cabos de la isla, y las pintorescas casas de madera colgando de la montaña detrás del puerto. Le contamos la larga historia de este lugar, del explorador inglés John Smith, que divisó Monhegan en 1614, de los artistas que la han hecho su hogar, y del extraño ermitaño de la isla desierta Manana. Nos sorprendió lo fácil que había sido llegar allí, y nos preguntamos por qué lo habíamos aplazado durante tanto tiempo. Como muchas cosas en la vida, nuestro verdadero destino estaba mucho más cerca de lo que habíamos imaginado.

    Debido a que anclar en Moneghan puede resultar muy difícil, decidimos regresar a la bahía de Muscongus. ¿Adónde quieres ir Montse?”, le preguntamos.

    “¿Creen que podríamos volver a Harbor Island? Es un lugar tan lindo”.

    “No hay ningún problema – echaremos anclas y almorzaremos allí.” Hay sólo una casa en esta isla, con un puerto espectacular y muy seguro. Cuando llegamos los propietarios estaban cargando y descargando en su muelle, así que aprovechamos para acercarnos, presentarnos y agradecerles por su generosa acogida para con navegantes como nosotros. Luego caminamos por la isla. Hannah retozaba por senderos de bosques con aromas de bálsamo y aire salado.

    Las frambuesas maduras estaban casi al alcance de la mano. “Mira, mira”, mostraba Montse encantada: había encontrado la enigmática arquitectura de los llamados “Altares de las Hadas”, unos preciosos altarcitos que la gente construye en el bosque, a lo largo del camino, con ramas, conchas, plantas, flores, lo que se encuentre en el bosque y la playa, y que con seguridad le hablaban a su naturaleza poética. Un paseo perfecto, un día perfecto. Nos sentimos infinitamente bendecidos por estar viviéndolo juntos.

    Navegamos de regreso a Friendship esa tarde, tristes porque el corto viaje se había acabado, pero como siempre, agradecidos por haber tenido la oportunidad de navegar esas aguas mágicas. Dos días en el mar, con sus ritmos y prioridades particulares, parecieron mucho más largos que cuarenta y ocho horas. Antes de irse, Montse nos agradeció por haberle devuelto su equilibrio interior. “He podido dormir por la noche y descansar realmente”, suspiró. Friendship le devolvió la certeza de que hay lugares donde la violencia y el terror no dominan la existencia, en los que podía estar en paz y ser creativa- y donde ella es todavía la única que ha tenido un camarote en el “Caledonian” para pasar la noche.